09 mayo 2017

Mestizaje (por algún lado hay que empezar)


(Luego de hablar, considerar, dizque preparar, retroceder, postergar, reconsiderar y encontrar mil pretextos y excusas para no hacerlo, he aquí el inicio de este proyecto de blog. «Se hace camino al andar», dijeron Machado y miles más.) 

Siempre me interesó la genética en general y sigo con interés lo que se va progresando en este campo, tanto desde el punto de vista de la evolución (filogenia, que ayuda a entender cómo se relacionan las especies), como desde la perspectiva del Homo sapiens, nombrecito que nos puso el buen Linneo en su enorme clasificación de animales, plantas y rocas.

Los análisis genéticos poblacionales que se han venido haciendo en las últimas décadas han dado algunas interesantes sorpresas y confirmado sólidamente otras hipótesis acerca de los caminos andados por los seres humanos desde que nuestra especie apareció, hace unos 200,000 años, milenios más o menos. Muchas de las «teorías» (creencias, en realidad) antojadizas y sin base científica o histórica han terminado descartadas; teorías de verdad (es decir, aquellas que se basan en evidencia, método, y pruebas) han sido confirmadas, mientras que las más, creo yo, se están afinando, corrigiendo, o en algunos casos descartando, en el proceso normal y riguroso del conocimiento científico. Una base de la ciencia es su capacidad de descubrir, mejorar y descartar sus propias conclusiones.

Volviendo a los análisis genéticos, hay algunos descubrimientos interesantes que me llamaron la atención, no por lo inesperado, sino porque confirman hechos históricos de los que poco se habla o escribe, ora por inicuos, ora por aparentemente fantásticos. Un ejemplo simultáneamente inicuo y fantástico es el de un varón que vivió hace unos 750 años (muy probablemente Gengis Kan, el emperador mongol del siglo XIII), cuyo material genético está presente hoy en nada menos que 16 millones de hombres. Eso es sólo posible cuando se ejerce un poder enorme que se mantiene en la familia por largos periodos de tiempo. ¿Cómo es que se sabe esto? Pues por el análisis genético del cromosoma Y, que se transmite exclusivamente por vía masculina, sujeto únicamente a mutaciones aleatorias. El cromosoma Y no recibe material genético de la madre, y es la mejor forma de determinar la paternidad de modo casi indiscutible.

Por otro lado está el material genético de la mitocondria, que es parte de (casi) todas las células de animales y plantas multicelulares. Los gametos masculinos (espermatozoides en animales) sólo pasan los cromosomas al óvulo fertilizado, que contribuye todo lo demás, incluyendo al citoplasma que contiene la mitocondria de la madre. No hay forma de que la mitocondria del padre se pase a los hijos: sólo la madre puede pasar mitocondria a sus descendientes. La mitocondria contiene su propio material genético que, como el del cromosma Y, solamente cambia debido a mutaciones aleatorias.

En resumen: hay un marcador que se pasa sólo por vía paterna (DNA del cromosoma Y, que se encuentra sólo en individuos de sexo masculino) y otro marcador que se transmite sólo por vía materna (DNA de la mitocondria).

Y ahora la historia: invasiones y guerras suelen incluir un fuerte componente sexual: los hombres de los grupos dominantes tienen progenie con las mujeres de los dominados, en muchos casos violentamente. Esto resulta en una notable asimetría en la transmisión de los marcadores genéticos, con un predominio del cromosoma Y de los grupos dominantes que desplazan a los varones dominados. En otras palabras, es mucho más probable que un hombre perteneciente a los grupos dominantes tenga progenie con mujeres de los grupos dominados, que al revés. Lo interesantes es que eso se puede ver con los análisis genéticos que se hacen hoy en día. Hay estudios notables que muestran esta asimetría de manera concluyente. Por ejemplo, un estudio en Puerto Rico (por Martínez Cruzado y otros, en 2005), donde la gente se considera de ascendencia española o africana, mostró que el 61 por ciento de puertorriqueños tiene mitocondria de origen americano, a pesar de no tener rasgos físicos de indígenas americanos. En Argentina, la presencia de mitocondria indígena es también mucho más abundante de lo que se podría suponer: más del 60 por ciento en el norte y el sur, y 48 por ciento en la región central (estudio por Bobillo y otros, 2009).

Párrafo aparte merece un estudio cubano del año 2014 (Beatriz Marcheco-Teruel y otros) que muestra una asimetría casi absoluta: en promedio, 35 por ciento de la muestra presenta mitocondria es decir, ancestros maternos-- de origen americano (un resultado inesperado), 39 por ciento de origen africano, y sólo 26 por ciento de origen eurasiático; en el lado paterno (cromosoma Y), el predominio europeo es enorme: 81.8 por ciento, frente a 17.7 por ciento de origen africano, y un minúsculo 0.5 por ciento de origen americano (2 individuos en una muestra de casi 400). En otras palabras, de acuerdo a esta muestra, 74 por ciento de los cubanos tienen ancestros maternales de grupos dominados, y casi 82 por ciento tienen ancestros paternales de los grupos dominantes.

Una importante aclaración adicional: la mitocondria y el cromosoma Y no tienen prácticamente nada que hacer con las características externas del individuo, como tipo de cabello, color de la piel, de los ojos, que se determinan por la combinación del resto de material genético del padre y la madre, 22 cromosomas del padre y 22 de la madre, que froman los 22 pares de cromosomas que tiene el ser humano, determinando todas las características físicas: el pelo de mamá, los ojos de papá, la nariz de la tía, y así por el estilo. (1)

Y acá voy con un poco de historia que parece personal pero que no lo es. Está ahora bastante en boga mandarse hacer análisis genéticos por mil diferentes razones, y se presta mucha atención a qué porcentaje de material genético proviene de qué lugares del mundo: tal porcentaje de origen americano, tal otro del norte de África, un poco de Europa central, y así por el estilo.

Así que siguiendo a esta moda, envié un poquito de saliva para que analicen mi carga genética. Mi principal curiosidad es con los resultados del cromosoma Y y de la mitocondria que cargo conmigo. Por probabilidades, mi apuesta es que mi mitocondria es de origen andino y mi cromosoma Y es de origen europeo. Ahora a esperar los resultados.

RESULTADOS

Confirmado: tengo mitocondria americana (rama D1, muy común en el continente), y cromosoma Y europeo (grupo P312), como es de esperarse en la gran mayoría de mestizos latinoamericanos.

Domingo Martínez Castilla


(1) Intento de explicación, que el lector puede obviar: Hay varias formas de (tratar de) explicar cómo funcionan los marcadores que no se mezclan (cromosoma Y que se transmite de padre a hijo varón) y mitocondria (que solamente la madre pasa a sus hijos), y la carga genética que proviene de la mezcla (es decir, los 22 pares de cromosomas). Uno puede imaginarse a dos individuos imaginarios: un hombre Azul y una mujer Amarilla que tienen hijos que se apellidan Azul Amarilla, y que tienen características diferentes como consecuencia de la mezcla de los 22 pares de cromosomas: algunos salieron verdes en varios tonos, otros azules con cabello amarillo, algunos amarillos con cabello azul, y así por el estilo. Independientemente de estas características, toda la progenie tiene la mitocondria de la madre, y todos los hijos (varones) tienen el cromosoma Y del padre. Ahora, supóngase que todas las mujeres mestizas tengan descendencia con varones visiblemente azules. Esto resultará en que al cabo de varias generaciones, los descendientes hombres y mujeres sean más y más azules, con las características amarillas siendo menos visibles conforme pasan las generaciones. Sin embargo de la aparente predominancia del apellido Azul, la línea materna siempre conservará la mitocrondria original de la madre Amarilla, pues ésta se pasa exclusivamente de madre a hijos e hijas. No sé si se habrá entendido este ejemplo, pero así es la cosa.

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