30 mayo 2017

Óperas peruvianas: Les Indes galantes

(Primera nota sobre óperas con temas más o menos peruanos.)

En 1735, se estrenó en París la ópera Les Indes galantes, de Jean-Philippe Rameau. A la usanza de la época, se anunció como un ballet épico, pues tiene de danza tanto como de canto. La ópera, en un prólogo y cuatro actos (en casi tres horas), está inspirada en una visión romántica de «las Indias», término usado en el libreto con una muy generosa licencia literaria. La trama de cada una de las secciones es independiente: una suerte de estampas con simples historias de amor de resultados variados, todo adornado por barroquismo escenográfico y musical.

El prólogo sucede en el paradisiaco jardín de Hebe, diosa (griega) de la juventud. Jóvenes de varias latitudes danzan aires de la época, y Hebe les canta y estimula, hasta que aparece Belona, la diosa (romana) de la guerra, pareja de Marte. Amor (o sea Cupido, que también es hijo de Marte, pero con Venus, diosa de polendas), se harta de todo esto y decide llevar su negocio a las Indias, donde el amor sería más puro y galano.

Los actos que siguen suceden en cuatro lugares más o menos exóticos. El primer acto es «Le turc généreux» (El generoso turco), que trata de un amor entre un pachá y una esclava suya, que ama a otro esclavo del pachá. Además de considerar al imperio otomano como perteneciente a «las Indias», la historia tiene otra deliciosa implausibilidad, si se permite el neologismo: el pachá renuncia al amor de la esclava y les otorga la libertad a los amantes.

El segundo acto, «Les Incas du Pérou», es la parte «peruviana» de la ópera. La historia es simple y se alimenta de las noticias que del Perú llegaban a Europa. En las montañas donde está el último bastión de los Incas, la princesa inca Phani (soprano) está en amores con el español Carlos (tenor), pero el poderoso sacerdote Huascar (bajo, lo que subraya que es el malo de la función; no, no es el Inca Huáscar) también está enamorado de Phani. Phani teme al poder y a la violencia «bárbara» de los incas, duda sobre qué decisión tomar, y le transmite a Carlos sus temores. Ya sola, canta su angustia entre el deseo, el temor y el amor en un aria que dice simplemente:
¡Ven, Himeneo, ven a unirme
Con el conquistador que yo adoro!
Ata tus nudos, ¡encadéname!
En estos tiernos momentos en que la llama de mi amor te implora
¡Ni el amor mismo es más deseable que tú [, Himeneo]!
Huascar está ocupado con la Fiesta del Sol (cuya fama, sin duda, ya era parte de la visión que los europeos tenían de los Incas), que transcurre pomposamente en la extensa quinta escena, que intercala invocaciones divinas cantadas por Huascar y los coros, con música y danzas que no son, por supuesto, incaicas, si bien las ropas de los danzantes incluían elementos que los encargados del vestuario suponían incaicos. La fiesta se da entre gavotas y rondós, que las pallas (con ese nombre) y el resto de la población danzan con gusto. Huascar no oculta su desdén por el bárbaro conquistador que sólo adora al oro. La fiesta continúa hasta que la interrumpe un terremoto (otra característica del Perú muy grabada en el imaginario europeo). Los danzantes se llenan de terror y se desbandan, invocando la piedad de los dioses que ahora han hecho que el volcán escupa fuego y piedras.

Huascar se dirige a Phani y trata de convencerla de que su amor por ella está refrendado por los dioses, que quieren impedir que ella se vaya con Carlos. Huascar acusa a Phani de ser impía y la amenaza: «Tú huyes cuando los dioses se dignan en llamarte. ¡Ya me conocerás!» Las amenazas se intercalan con advertencias de que sólo Huascar puede evitar que ella muera en el cataclismo. Hacia el final, hay una gran discusión con tonos teológicos y geológicos entre Carlos y Huascar, intercalada con aislados versos de Phani. Huascar hace una última invocación cuando el volcán vuelve a entrar en erupción. Phani se va con Carlos. Derrotado, Huascar pide ser aplastado por las rocas candentes, que es como termina la escena.

En el libreto, la última línea del acto incaico dice:
«El volcán vomita rocas candentes que aplastan al criminal Huascar» (Le volcan vomit des rochers enflammés qui écrasent le criminel Huascar).
El suave acto siguiente es «Les fleurs, fête persane», ambientado en la corte persa. Intrigas y enamoramientos remplazan al violento final del acto incaico, y culminan todos felices con un ballet que le da nombre al acto: los danzantes representan las flores de un jardín.

El acto final se llama simplemente «Les sauvages», inspirado, dicen, en la visita que seis jefes indios de las colonias francesas de América del Norte hicieron a la corte parisina en 1725. Es también un triángulo amoroso entre una mujer y un hombre nativos, y un colonizador español. En este caso, triunfan los locales, y los europeos no causan terremotos ni erupciones y fuman la pipa de la paz.

Versiones actuales

Desde siempre, la ópera ha sido un género hecho para gozar de la música y para entretener deslumbrando. La escenografía y los vestuarios tienden mucho a los dorados y los púrpuras, y la música es un reto para cantantes solistas y coros. Les Indes galantes lleva lejos esas exigencias, pues requiere cinco diferentes escenarios con vestuarios distintos. Lo constante en esta ópera es la música, aún muy barroca, y con una profusión de danzas y contradanzas: minuetos, gavotas, rondós, musettes, rigodones, chaconas.

Hasta donde sé, hay ahora dos versiones disponibles en video. Un montaje tradicional y de un minucioso barroquismo, por Les Arts Florissants (grabada en el 2003, por la Ópera de París), y una versión de vanguardia montada por Les Talens Lyriques (grabada en el 2014, por la Ópera Nacional de Burdeos). En esta versión, Carlos aparece como un relajado hombre de mundo contemporáneo al lado de una piscina, con verdes montañas y un volcán de fondo. Phani viste un ligero vestido de seda. Mientras canta el aria descrita más arriba, se levanta un telón intermedio, dando lugar a un patio tropical donde se produce cocaína, una mesa donde hay dos hombres desarrapados que beben, se drogan, y limpian sus armas automáticas. En el marco del telón de fondo aparece la palabra Perú al lado de un alegórico sol, más francés que incaico. Uno de los hombres se acerca a Phani, vistiendo una camiseta sucia y mostrando muchos tatuajes, el pelo largo y la barba crecida: es Huascar, el villano, que canta bien pero es un personaje siniestro que maltrata y manosea a Phani. La fiesta del sol original se presenta en esta versión como una faena de trabajo en los campos de Huascar. Carlos reaparece como un militar bajando de un helicóptero, y somete a Huascar y libera a Phani y detiene a todos los campesinos. Luego, Huascar aparece abaleado mientras canta los últimos versos, sangrando. Al final corre hacia donde arden los combustibles de su laboratorio, que explota.

Una nota adicional sobre el montaje bordelés: el prólogo (el jardín de Hebe) viene en dos sabores. En el más conocido, las seis parejas de jóvenes felices danzan y juegan desnudos, en una coreografía que combina un humor limpio e infantil con los ritmos barrocos. El otro sabor incluye vestuario, dicen, pero no lo he visto.

En cuando a grabaciones musicales, hay legión de discos, algunos con solamente las suites danzantes, otros con la ópera completa. Es música que nos hace llevar el ritmo usando la cabeza como metrónomo.

Domingo Martínez Castilla



Términos para hallar más información en la red:

Les Indes galantes, Rameau, Les Arts Florissants, Les Talens Lyriques, Bordeaux

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