25 septiembre 2017

San Juan de Puerto Rico, América Latina

Imágenes y una brevísima crónica personal. Volverán los árboles, por sí solos, a llenarse de follaje, y volverán los puertorriqueños, todos juntos, a construir su patria


¿Estará en pie la torrecita que Antonio tuvo en Dorado? Una de sus hijas llora en Guaynabo, de impotencia porque se han roto muchas cosas, se han caído árboles y han volado techos pero, sobre todo, dice ella que no se puede aguantar tantas horas de encierro con ese viento ensordecedor haciendo o deshaciéndolo todo, y ella y muchos puertorros sin saber nada de lo que el ciclón arrojaba, arrasaba, arrastraba. No se puede ir a los espacios abiertos como en los terremotos, sino todo lo contrario: ir a los rincones más protegidos de la casa, si es de cemento y ladrillo, y esperar que los aullidos del huracán se detengan, que no la lluvia. ¿Cómo estará Ponce, la tierra de Jaime, caro amigo?  O Mayagüez, donde viven colegas de antes.

Días antes de morir, en el año 2008, y sabiendo que por vez primera iba yo a visitar a su querida Isla del Encanto, Antonio me escribió: «eres un tipo de suerte... porque ir a Puerto Rico es lo mejor que le puede pasar a alguien. Si no estoy yo, alguno de mis hijos y algún amigo te darán la bienvenida. […] Yo debería estar, obligado, del 10 al 20 de noviembre en Puerto Rico […]. Y ahora me gusta más la idea si vas para allá... y vamos a ver la torrecilla».

Y llegué a Puerto Rico, en noviembre del 2008, a un hotel en plena Plaza de Armas, que ni lo parece pero es muy linda, con glorieta y todo. Caminé durante cuatro días por todo el Viejo San Juan, de canto a rabo («¡No vayas a entrar a La Perla!»), hablando con la gente que se dejaba hablar, yendo a abrazar a los hijos de Antonio que acababan de traer sus cenizas desde tan lejos. ¿Habrá resistido al huracán esa pequeña iglesia de Guaynabo?

Me aquerencio con facilidad, incluso con lugares donde nunca he estado. Es el caso de San Juan, quizá por la canción, que me gustó desde adolescente, porque se dejaba tocar con facilidad en el piano (de mano derecha), y más por sus líneas de nostalgia («Pero mi corazón se quedó junto al mar en mi viejo San Juan») y por el cariño desembozado a la tierra («Puerto Rico del alma»).  También me despertaba gran curiosidad la puertorriqueñidad misma: la cultura, la política complicada y aparentemente sin solución, entre la independencia que ya pocos quieren, la estatización y el status-quo de estado libre asociado.

Una vez allá, no me quedó otra cosa que querer a la ciudad, tratando de absorberla en un fin de semana: gente en la calle, música y baile, salsa, olores, boleros, sol y el rumor del mar que rodea al viejo San Juan.

No hay un solo puertorriqueño que haya pasado nunca por lo que están pasando ahora. No se sabe aún ni cómo ni cuándo se va a empezar a poder vivir de nuevo. Es probable que la ya importante emigración hacia el territorio continental se acelere, por lo menos en el corto plazo. La población de la isla es ahora de menos de 3.5 millones, de los 3.8 millones que había en el año 2000.  Se estima que hay casi 5 millones de puertorriqueños viviendo en tierra firme.

Sí, son bonitos los paisajes, las construcciones antiguas, las playas, calles y plazas; es interesante la historia. Pero cuando suceden estas catástrofes sólo se puede pensar en la gente, la gente boricua que, desde ya, trabaja para superar lo que puede ser el reto más grande de su historia.

Domingo Martínez Castilla


Fotos de San Juan, noviembre del 2008
Instrucciones para ver fotos: 
en cada rostro hay una historia y un futuro que es necesario imaginar; en cada muro hay albañiles; en cada adorno hay una esteta.
(Haga clic en las imágenes para verlas a pantalla completa)



Paseo de jueves, en la Plaza de Armas

Planeando el presente

Tarde de domingo en el malecón, con los nietos
Bailando para todos, Plaza del Quinto Centenario
Cementerio histórico Santa María Magdalena de Pazzi

Vencerán los boricuas. Azulejos en la esquina de calles San José y Tetuán
Grupo escultórico central, Plaza Herencia de las Américas, por José Buscaglia

Puerto Rico y el mar

Fotos por Domingo Martínez Castilla

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