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29 octubre 2022

Dieciséis especies de aves en un jardín de Santa Rosa de Ocopa, en el valle del Mantaro

Santa Rosa de Ocopa, en el valle del Mantaro

Santa Rosa de Ocopa, al lado oriental del valle del Mantaro, está en un rincón abrigado y escondido. Hoy los eucaliptos —introducidos a fines del siglo XIX— dominan el paisaje. Al norte del pueblo, separado de éste por un riachuelo, está el convento franciscano de Santa Rosa de Ocopa. El pueblo está en las coordenadas 11.88° Sur 75.30° Oeste, a una elevación de 3,370 metros. El clima es el característico del valle del Mantaro: durante la estación seca (aproximadamente entre mayo y setiembre), hay muy poca precipitación, con fuertes cambios de temperatura entre el día y la noche, y con frecuencia hay heladas; en la estación lluviosa, hay frecuentes precipitaciones, pero al mismo tiempo un menor contraste de temperaturas entre el día y la noche. Si bien el valle propiamente dicho es un lugar abierto y por lo tanto sujeto a otras inclemencias del tiempo, Santa Rosa de Ocopa parece ser un lugar más protegido, si bien las temperaturas no difieren mucho de las del valle abierto. El topónimo «Ocopa» parece derivarse del adverbio quechua ukhu o ukhupi, que significa «adentro» y, por extensión, lugar interior.

Lo que sigue es un inventario fotográfico de aves, íntegramente obtenido en el patio de entrada y el jardín interior de una antigua casa ubicada en la parte sur del pueblo de Santa Rosa. Hay flores que están en macetas en el patio de entrada, y flores y frutos en el jardín interior, de unos 120 metros cuadrados, donde la variedad de plantas incluye rosales (Rosa spp.), un ciruelo-cerezo generoso (Prunus cerasifera), un manzano (Malus sp.), un árbol de tumbos (Passiflora tripartita), dos cedrones (Aloysia citrodora) y un árbol de guinda (Prunus cerasus) que asoma desde un jardín vecino. Entre las plantas ornamentales hay geranios (Pelargonium spp.), dogos (Antirrhinum majus), salvias (Salvia leucantha), pensamientos (Viola spp.), cartuchos (Zantedeschia aethiopica), y narcisos (Narcissus assoanus), así como varias especies de Opuntia, entre otras plantas.

Esta vegetación no natural —pero establecida hace muchas décadas— es muy propicia para las diarias visitas de una notable variedad de aves, muchas de las cuales pasan desapercibidas, incluso para la gente local. Además de las dieciséis especies fotografiadas, hay en la zona un número mayor de especies de aves que no frecuentan los jardines.

Acerca de las fotos y las descripciones

Las fotos —de calidad variable, por decir lo menos— han sido obtenidas en cuatro visitas a esa casa, en febrero del 2020, julio del 2021 y febrero y julio del 2022.  Las especies, en su mayoría,  han sido observadas y fotografiadas en cada visita, si bien con más frecuencia en la temporada de lluvias. Al pie de cada foto se indica los nombres locales conocidos —que lamentablemente son pocos— del ave fotografiada, así como el nombre científico más reciente. Para otros nombres en castellano, se ha seguido las recomendaciones de la Sociedad Española de Ornitología y, en menor medida, las del libro Aves de Perú, de Thomas S. Schulenberg et al. (CORBIDI, 2010).

(De antemano, se agradecen sugerencias, así como correcciones que citen otras fuentes de información.) 

Texto y fotos: Domingo Martínez Castilla
Fotos: Santa Rosa de Ocopa, provincia de Concepción, región Junín, 2020-2022

Las aves

(Haga click en cada imagen para verla en tamaño más grande.)

Chihuaco, en árbol de guinda. Una de las aves emblemáticas de la sierra central, fácilmente reconocido por propios y extraños (febrero, 2020)
Turdus chiguanco
[Chiguanco, zorzal andino, mirlo chiguanco]



Picaflor de cola larga (macho), tomando néctar de flores de salvia (febrero, 2020). El mismo individuo observado hasta febrero del 2022, pero no en julio del 2022.
Lesbia nuna nuna
[Colibrí colilargo menor]

Picaflor verde, recolectando telarañas para hacer su nido en un rosal. Este picaflor es quizá el más común en el valle del Mantaro, pero este comportamiento resultó sorpresivo (marzo, 2022).
Colibri coruscans
[Colibrí rutilante]


Picaflor negro, en reposo en árbol de tumbo (Passiflora tripartita). Suele ocultarse dentro del follaje del tumbo. Frecuente, pero no fácil de fotografiar (marzo, 2022). Nótese el punto blanco detrás de los ojos.
Metallura phoebe
[Metalura negra, colibrí negro]




Pichuza, pichuchanca, gorrión (macho). Otra  pequeña y hermosa ave emblemática de la sierra peruana, abundante y ubicua en los jardines, muy querida por la gente.
Zonotrichia capensis
[Gorrión andino, chingolo común]

Paloma torcaza, tórtola, parada en el tejado. Otra ave muy frecuente en centros poblados andinos (febrero, 2020)
Zenaida auriculata
[Zenaida torcaza, tórtola torcaza]

Pepitero de pico amarillo, en un rosal. Pájaro grande y muy atractivo. Si bien para mí era desconocido hasta que tomé esta foto, es comensal regular del jardín, pero por visitas muy breves, poniendo especial atención a los frutos del ciruelo y de la guinda (febrero del 2020)
Saltator aurantiirostris albociliaris
[Pepitero piquigualdo, saltador de pico dorado]


Tangara de cabeza azul (macho), en árbol de guindas. Otra atractiva ave multicolor de visitas frecuentes y cortas (febrero, 2020)
Rauenia bonariensis darwinii (antes Thraupis b.)
[Tangara naranjera]


Yal peruano (macho), en árbol de guinda. Pájaro oliváceo, con cabeza y alas grises, visitante diario (febrero, 2022)
Phrygilus punensis
[Fringilo peruano]


Mielerito gris, en árbol de laurel, donde probablemente está su nido (febrero, 2020)
Conirostrum cinereum cinereum
[Conirrostro cinéreo]


Pinchaflor (macho), en árbol de guinda (marzo, 2022). Visitante muy frecuente de los geranios, a los que pincha en la base de las flores con su pico terminado en gancho.
Diglossa brunneiventris
[Pinchaflor gorjinegro]


Paloma moteada, con guinda en el pico (febrero, 2022). Especie nativa del mismo tamaño que la paloma doméstica, pero siempre de color gris y alas jaspeadas, y pico más pequeño.
Patagioenas maculosa albipennis
[Paloma de ala moteada]


Cucarachero (marzo, 2022). Sólo los picaflores son más pequeños que este omnipresente pajarito, que caza insectos, siempre solitario.
Troglodytes aedon
[Chochín criollo]


Jilguero (macho) (febrero, 2022). Visitante raro en el jardín, pero más común en los campos. De niño, mi padre y muchas personas los capturaban para tenerlos en jaulas y escuchar su potente y hermoso canto.
Spinus magellanicus (también Carduelis m.)
[Jilguero encapuchado]



Semillero gris, observado solamente en la fecha de esta foto (febrero, 2022). Ave pequeña.
Catamenia analis
[Semillero colifajeado, semillero de cola bandeada]


Huiracchuro macho (el nombre quechua se usa en Ecuador, como güiragchuro o variaciones). Observado solamente en dos días seguidos (febrero, 2022). Pájaro grande y muy atractivo, y debiera ser fácilmente observable si fuera más común en la zona.
Pheucticus chrysogaster
[Picogrueso ventriamarillo]


08 febrero 2022

Parihuanas en cielo negro, en Jauja

Muy cerca a Jauja, hay dos lagunas que son refugios importantes de muchas especies de aves acuáticas. Entre ellas, las más grandes, fotogénicas y espectaculares son las parihuanas (Phoenicopterus chilensis, o flamencos australes). Centenares de estas aves, maduras y juveniles, se alimentan y reproducen entre los totorales en la poco profunda laguna de Chocón/Tragadero y en un rincón escondido y silencioso de la laguna de Paca, más conocida por sus bulliciosos restaurantes y recreos.


El 7 de octubre del 2021, anunciando la inminente temporada de lluvias, era un día oscuro y tormentoso, aparentemente arruinado para la fotografía de aves silvestres. Pero por unos instantes, el sol poniente asomó por debajo de las nubes, reflejando su luz casi exclusivamente en los brillantes plumajes rosáceos  de las parihuanas y blancos de las garzas.

Texto: Jauja, 8 de febrero del 2022
Fotos: 7 de octubre del 2021




Parihuanas (Phoenicopterus chilensis) en un islote
Laguna de Paca, Jauja, Perú, octubre del 2021
 (Clic para ver imagen ampliada)


Parihuana (Phoenicopterus chilensis) en el agua
Laguna de Paca, Jauja, Perú, octubre del 2021
 (Clic para ver imagen ampliada)


Parihuana (Phoenicopterus chilensis) tomando vuelo
Laguna de Paca, Jauja, Perú, octubre del 2021
 (Clic para ver imagen ampliada)

Garza blanca (Ardea alba)
Laguna de Paca, Jauja, Perú, octubre del 2021
 (Clic para ver imagen ampliada)


Domingo Martínez Castilla

Fotos: Laguna de Paca, Jauja, Perú. 7 de octubre del 2021


27 marzo 2020

Sin embargo, se mueven

Homo sapiens se esconde, asustado; Pelecanus erythrorhynchos no


Mientras los abundantes miembros de la especie Homo sapiens están… estamos limitando nuestros movimientos al mínimo indispensable, las otras especies animales y vegetales continúan con sus rutinas de supervivencia y adaptación, tal como lo hicieron en otros tiempos, es decir hace cinco semanas, años, siglos. Y como lo seguirán haciendo mientras no sigamos modificando el planeta. En este mes de marzo del año del  Coronavirus dos mil veinte, animales y plantas, hongos y bacterias, están todos muy activos ajustándose al cambio de estaciones, pues  la primavera boreal y el otoño austral empiezan en estos días.
El movimiento global de los seres humanos se ha casi suspendido por algunas semanas: el mundo se siente más ligero, más limpio, y está más disponible para el resto de seres vivos, que continúan con sus migraciones anuales por aire, mar y tierra.
Por ejemplo, cerca de donde este escriba vive, cientos de pelícanos blancos americanos (Pelecanus erythrorhynchos) se detuvieron a reposar en unas lagunillas creadas por Homo sapiens. Estas enormes aves están migrando hacia sus áreas de reproducción, en las praderas más septentrionales de América del Norte. Aquí sus fotos.



Pelecanus erythrorhynchos, Missouri
Bandada de aves migrantes.
Misuri, EE.UU. Mayo, 2020 (Clic para ver imagen ampliada)

Pelecanus erythrorhynchos
Misuri, EE.UU. Mayo, 2020 (Clic para ver imagen ampliada)

Pelecanus erythrorhynchos
Misuri, EE.UU. Mayo, 2020 (Clic para ver imagen ampliada)

Domingo Martínez Castilla

Fotos: Eagle Bluffs Conservation Area, Condado Boone, Missouri, EE.UU. 6 de marzo del 2020

03 agosto 2018

La cigarra cumplió 13 años

Juventud casi eterna, madurez efímera

Cigarra de 13 años
Magicicada sp.
Columbia, Misuri, EE.UU. Mayo, 2011 (Clic para ver imagen ampliada)

La foto que sirve de fondo a este blog es de un bicho peculiar (Magicicada sp.). Es una cigarra juvenil de trece años de edad, a la que le quedaban unas cuatro o cinco semanas más. Trece años de inmadurez para cinco semanas de vida adulta.

La explicación: la cigarra de la foto nació de un huevito que la madre dejó en una rama en junio de 1998. Del huevito salió un gusanito que bajó rápidamente y se enterró en el suelo, donde creció y siguió creciendo por trece años, al cabo de los cuales, ya como una ninfa gorda y grande, sintió la urgencia de salir para mudar su cascarón infantil. La foto  es un instante luego de haberse liberado del exoesqueleto, antes de adquirir, en pocas horas, el color pardo de los adultos.  Millones de otras cigarras hacen lo mismo, listas para esas cinco semanas de música ensordecedora y jolgorio sexual. Y sólo aparecen cada trece años.

Trece años antes, en 1998, yo había visto asombrado este curioso fenómeno por vez primera, pero multiplicado por dos, pues ese año el brote de las cigarras de 13 años coincidió con el de las cigarras de 19 años.  Y de eso escribí en la revista Ciberayllu, que a la sazón tenía solamente un año y medio.

Aquí la nota reciclada.

Mensaje del kuraka
16 de junio de 1998

Unos cinco días después de publicar la última nota editorial, lo real maravilloso llegó a Columbia, en el estado norteamericano de Misuri, donde este kuraka mora. Los niños empezaron a notar la presencia de unos bichos raros que salían de la tierra, y casi inmediatamente se prendían de paredes, hojas, arbustos y —sobre todo— árboles, donde después de unas horas se sacaban la vieja piel dura de los insectos. Al cabo de unas horas o algo así, sólo quedaba el cascarón. En la semana siguiente, la tierra estaba llena de orificios; las paredes, ramas, árboles, llenas de fantasmales cascarones vacíos; con suerte, uno podía ver que de cada ninfa salía un insecto grande y casi blanco, que muy rápidamente oscurecía y mostraba sus ojos rojos, esperando secarse y estirar sus alas para subir un poco más y tratar de encontrar un pequeño espacio desde donde cantar, oficio de cigarras machos, para seducir a las hembras. 
Después de unos días del inicio de la invasión de las ninfas subterráneas, millones de cigarras —miles en cada árbol— empiezan a volar y cantar con la energía que les da el calor del día; en días calientes, es casi imposible hablar cerca a los árboles, porque el ruido es intenso, ensordecedor. Lo que queda más abajo son los correspondientes miles de cascarones vacíos, los miles de huequitos en el suelo, y poco a poco miles de cigarras muertas. Las hormigas, en lugar de discutir con ellas sobre las bondades del trabajo, simplemente se las comen, porque no han leído a La Fontaine. Las arañas engordan, igual que los pájaros, los perros y algunas personas que las comen tostadas. Millones de cigarras. Tantas, que los primeros colonos las llamaron langostas. En unas cuantas semanas ya todas han muerto, después de haber cantado, copulado y puesto sus huevos, de donde salen las pequeñas ninfas que caen al suelo y se entierran para alimentarse de la savia que corre por las raíces de los árboles, hasta que les llegue su hora de salir, diecisiete o trece años más tarde. No diez, o doce, o dos: sólo trece o diecisiete. En unas partes sólo hay cigarras de diecisiete años, y en otras sólo de trece, pero en el centro de Misuri se dan ambas, y en este Año de la Cigarra de 1998 coincidieron ambas por primera vez desde 1777. Cuando vuelvan a aparecer las cigarras de trece años en el centro de Misuri, Ciberayllu habrá cumplido quince años, y diecinueve cuando salgan las ninfas que se enterrarán este mes de julio. Y nada menos que 223 años cuando sus sendas descendientes salgan juntas, a repetir el ruido tremendo de este casi verano. Para entonces, este kuraka y sus lectores estarán bien muertos.

Original en: <http://www.andes.missouri.edu/andes/Ciberayllu/DelKuraka980616.html>

Domingo Martínez Castilla

Foto: Cigarra transformándose de ninfa en adulto, en un roble, en el jardín del frente. Columbia, Misuri, 29 de mayo del 2011.

25 septiembre 2017

San Juan de Puerto Rico, América Latina

Imágenes y una brevísima crónica personal. Volverán los árboles, por sí solos, a llenarse de follaje, y volverán los puertorriqueños, todos juntos, a construir su patria


¿Estará en pie la torrecita que Antonio tuvo en Dorado? Una de sus hijas llora en Guaynabo, de impotencia porque se han roto muchas cosas, se han caído árboles y han volado techos pero, sobre todo, dice ella que no se puede aguantar tantas horas de encierro con ese viento ensordecedor haciendo o deshaciéndolo todo, y ella y muchos puertorros sin saber nada de lo que el ciclón arrojaba, arrasaba, arrastraba. No se puede ir a los espacios abiertos como en los terremotos, sino todo lo contrario: ir a los rincones más protegidos de la casa, si es de cemento y ladrillo, y esperar que los aullidos del huracán se detengan, que no la lluvia. ¿Cómo estará Ponce, la tierra de Jaime, caro amigo?  O Mayagüez, donde viven colegas de antes.

Días antes de morir, en el año 2008, y sabiendo que por vez primera iba yo a visitar a su querida Isla del Encanto, Antonio me escribió: «eres un tipo de suerte... porque ir a Puerto Rico es lo mejor que le puede pasar a alguien. Si no estoy yo, alguno de mis hijos y algún amigo te darán la bienvenida. […] Yo debería estar, obligado, del 10 al 20 de noviembre en Puerto Rico […]. Y ahora me gusta más la idea si vas para allá... y vamos a ver la torrecilla».

Y llegué a Puerto Rico, en noviembre del 2008, a un hotel en plena Plaza de Armas, que ni lo parece pero es muy linda, con glorieta y todo. Caminé durante cuatro días por todo el Viejo San Juan, de canto a rabo («¡No vayas a entrar a La Perla!»), hablando con la gente que se dejaba hablar, yendo a abrazar a los hijos de Antonio que acababan de traer sus cenizas desde tan lejos. ¿Habrá resistido al huracán esa pequeña iglesia de Guaynabo?

Me aquerencio con facilidad, incluso con lugares donde nunca he estado. Es el caso de San Juan, quizá por la canción, que me gustó desde adolescente, porque se dejaba tocar con facilidad en el piano (de mano derecha), y más por sus líneas de nostalgia («Pero mi corazón se quedó junto al mar en mi viejo San Juan») y por el cariño desembozado a la tierra («Puerto Rico del alma»).  También me despertaba gran curiosidad la puertorriqueñidad misma: la cultura, la política complicada y aparentemente sin solución, entre la independencia que ya pocos quieren, la estatización y el status-quo de estado libre asociado.

Una vez allá, no me quedó otra cosa que querer a la ciudad, tratando de absorberla en un fin de semana: gente en la calle, música y baile, salsa, olores, boleros, sol y el rumor del mar que rodea al viejo San Juan.

No hay un solo puertorriqueño que haya pasado nunca por lo que están pasando ahora. No se sabe aún ni cómo ni cuándo se va a empezar a poder vivir de nuevo. Es probable que la ya importante emigración hacia el territorio continental se acelere, por lo menos en el corto plazo. La población de la isla es ahora de menos de 3.5 millones, de los 3.8 millones que había en el año 2000.  Se estima que hay casi 5 millones de puertorriqueños viviendo en tierra firme.

Sí, son bonitos los paisajes, las construcciones antiguas, las playas, calles y plazas; es interesante la historia. Pero cuando suceden estas catástrofes sólo se puede pensar en la gente, la gente boricua que, desde ya, trabaja para superar lo que puede ser el reto más grande de su historia.

Domingo Martínez Castilla


Fotos de San Juan, noviembre del 2008
Instrucciones para ver fotos: 
en cada rostro hay una historia y un futuro que es necesario imaginar; en cada muro hay albañiles; en cada adorno hay una esteta.
(Haga clic en las imágenes para verlas a pantalla completa)



Paseo de jueves, en la Plaza de Armas

Planeando el presente

Tarde de domingo en el malecón, con los nietos
Bailando para todos, Plaza del Quinto Centenario
Cementerio histórico Santa María Magdalena de Pazzi

Vencerán los boricuas. Azulejos en la esquina de calles San José y Tetuán
Grupo escultórico central, Plaza Herencia de las Américas, por José Buscaglia

Puerto Rico y el mar

Fotos por Domingo Martínez Castilla

24 septiembre 2017

Recuerdos de Puebla

La primera vez que supe que existía un lugar llamado Puebla fue en 1960, en cuarto de primaria. El maestro de la clase era un curita cusqueño, ya mayor, de apellido vasco de sólo cinco letras. De ese año escolar, tengo el recuerdo fresco de una canción que el amable sacerdote cantaba, no sé si con nosotros o para nosotros. De esa canción me quedó siempre la música del verso «entre Puebla y Apizaco», que me gustaba canturrear un poco a gritos, y a veces los versos «El tren que corría / sobre su ancha vía», con una historia borrosa de una gran confusión, mucho humor y mucha muerte, pero sin otros detalles, hasta que en el año 2001, creo,  la escuché en la voz de Joan Manuel Serrat. Oí entonces la letra completa, que aclaró mi nublada memoria. Era cierto: mucha muerte, mucho humor, y un título que definitivamente no estaba en mis registros: «La maquinita».

En las décadas siguientes, Puebla se mostró un par de veces, por los campeonatos mundiales de fútbol, y ahí paro de contar, salvo apariciones esporádicas de chinas poblanas y mole poblano.  Puebla de Zaragoza. Puebla de los Ángeles, querida América Latina.

En octubre del 2011 Puebla se me hizo Puebla, con gente, sol radiante, paisajes, olores, cosas antiguas y modernas, accidentes y demás. ¡Seis Días Seis!  Hoy la recuerdo, con su gente, sus colores, sus maravillas arquitectónicas de los últimos dos mil y pico de años.  Ciudad grande y tranquila.  

El terremoto del martes 19 de setiembre del 2017 golpeó duro a Puebla, y me hizo pensar en sus sonidos y sus lugares, sus calles y el accidente con el taxi («¿Está usted bien, jefe?»). Que estén bien.

Oh, el vehículo que conduzco ahora está hecho en Puebla: espero que no corra la suerte de «La maquinita», que se estrelló con un aeroplano, como dice la canción.

De Apizaco aún no sé gran cosa, salvo que está al norte de Puebla.

Domingo Martínez Castilla

Fotos de Puebla y Cholula, octubre del 2011

(Haga clic en las imágenes para verlas a pantalla completa)

¿Seguirán juntos? Zócalo de Puebla

Gente de Puebla, en la América Latina
Hora de descanso, de espaldas al atrio de la enorme catedral de Puebla

Danzantes en la Universidad Popular Autónoma de Puebla

«Bailarina», bronce de de Jorge de la Peña Guzmán, en el Complejo Cultural
de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

En la descomunal pirámide de Cholula, está el templo dedicado a la Virgen de los Remedios.
El terremoto le hizo perder la parte superior de ambas torres,

Fotos de Domingo Martínez Castilla

17 septiembre 2017

Gorrión enfermo, hacia el final del verano del 2017

Columbia, Misuri, EE.UU. Setiembre, 2017 (Clic para ver imagen ampliada)

Inmóvil, silenciosa
la pájara herida.
Luego voló: naturaleza medio muerta.


Domingo Martínez Castilla

Foto: En el patio de atrás, Columbia, Misuri, 16 de setiembre, 2017