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19 agosto 2025

Alejo Martínez Lira (Jauja, 1786-1863). Un recuento de su vida

Resumen

Alejo Martínez Lira (Jauja, 1786 - Jauja, 1863) nació como súbdito español y, al igual que muchos otros españoles americanos, se unió a la causa independentista, en la que tomó parte activa, con seguridad desde 1820 —probablemente antes— hasta 1826, cuando pasó a servir a la nueva república en cargos diversos en su ciudad natal. En Jauja se le recuerda como prócer de la independencia, y fue quizás el jaujino más involucrado en la gesta libertadora. En este artículo se repasa su vida y sus contribuciones que tienen bases documentales conocidas, sin que esto signifique que no pueda haber otras formas en las que Alejo Martínez haya participado antes, durante, y posteriormente a los tumultuosos años de la primera mitad de la década de 1820. 

Alejo Martínez Lira
(Fotografía restaurada a partir de
la que aparece en Ugolotti, p. 17)


A modo de prólogo

Quien esto escribe es descendiente de Alejo Martínez Lira, lo que inmediatamente sugiere que el texto estaría teñido de una comprensible, quizá ineludible, subjetividad. La intención principal de este texto es mostrar no solamente sus actos militares, sino también indicios de su larga vida en la comunidad jaujina. Para esto, se ha tomado como punto de partida las referencias documentadas que Humberto Ugolotti Dansay incluyó en su libro Alejo Martínez: prócer de la independencia nacional (Lima, 1928)[1]. La fuente principal de los documentos facsimilares que muestra Ugolotti fue el Museo de Historia Nacional; esos documentos probablemente aún existan en los archivos nacionales.

A las referencias de Ugolotti, se añade acá un buen número de otras fuentes, casi todas provenientes de archivos y libros disponibles en Internet, donde hay datos que muestran el trajinar de Alejo Martínez, especialmente en el periodo 1820-1825, los años críticos de la independencia del Perú. Respecto a su vida en Jauja, los libros parroquiales muestran que era muy apreciado como padrino. También ejerció cargos políticos como gobernador y recibió otras comisiones gubernamentales, incluso cuando ya era una persona de edad avanzada.

En este artículo no se ha incluido referencias a los textos más conocidos que se ocupan de Alejo Martínez, pues ellos parecen depender más de la tradición oral (cuya validez no puede ser, a priori, descartada ni confirmada) que de fuentes documentales (véase, al respecto, los artículos del historiador Carlos Hurtado Ames[2] acerca de la declaración de la independencia en Jauja).

La descendencia de Alejo Martínez tuvo fuerte tradición militar. Nietos suyos participaron como oficiales en la guerra del Pacífico (1879-1884), donde por lo menos cuatro de ellos perdieron la vida combatiendo, y otros sufrieron prisión o fueron heridos en batalla. Esa tradición militar ha persistido hasta bien entrado el siglo XX: tres de sus descendientes, nacidos en Jauja, estuvieron presentes en el conflicto con el Ecuador en 1941.

Vida resumida

Alejo Martínez Lira es bautizado en Jauja a principios del año 1787, de seis meses de edad. Sus padres fueron Esteban Martínez y Francisca Lira, ambos vecinos españoles[3] de la villa de Jauja. A los 20 años, el 15 de febrero de 1807, Alejo se casó con Isabel Casas, española, hija natural de Tomasa Casas. Ofició la ceremonia el cura doctor don Javier Aguinagalde, cura y vicario de la doctrina de Jauja. Los padrinos fueron Santos Marticorena y Manuela Monge.[4]

Esteban Martínez, el padre de Alejo, falleció el 10 de marzo de 1810. En una partida de bautismo donde él aparece como padrino, se le menciona como Capitán. Esteban Martínez figura con bastante frecuencia como padrino de bautismo. En los repositorios del Bicentenario, hay dos cartas de mayo y agosto de ese año[5], que indican que Esteban Martínez habría tenido una deuda con la corona española. En esas cartas, se pide a un agente que trate de cobrar esas deudas a Alejo. 

Del matrimonio de Alejo Martínez con Isabel Casas, se sabe de tres descendientes. Rosa Viterbo Martínez Casas recibió el bautismo el 5 de septiembre de 1809. María Inés Martínez Casas fue bautizada el 18 de enero de 1811. En el libro biográfico que Humberto Ugolotti escribió sobre Alejo Martínez, el autor menciona a José Francisco Martínez como otro hijo de Alejo, probablemente nacido también en esos años.

Los libros parroquiales, además de registrar nombres de los bautizados y de los progenitores, incluyen los de los padrinos. Los padres de los bautizados buscaban padrinos o madrinas que fueran personajes importantes, pues las relaciones de compadrazgo podían tener mucho valor. Alejo Martínez figura como padrino desde 1804, cuando tenía 18 años, con cada vez mayor frecuencia hasta febrero de 1816. Su esposa Isabel también es madrina, pero no con la misma frecuencia que Alejo. Entre febrero de 1816 y diciembre de 1820, ni Alejo ni Isabel aparecen en los registros de bautismo, lo que hace suponer que habrían estado fuera de Jauja. 

Historiadores indican que Alejo Martínez estuvo presente en Jauja en los días en que el General Álvarez de Arenales, en la primera incursión del ejército libertador en la sierra del Perú, pasó por la ciudad en noviembre de 1820.[6] [7] Historias locales muchas veces repetidas relatan que Alejo Martínez participó prominentemente en apoyar a los independentistas y en la declaración de la independencia en Jauja. Lamentablemente, no se ha encontrado aún documentos que corroboren estos hechos con precisión.

En los libros parroquiales se muestra que Alejo Martínez permaneció en Jauja hasta julio de 1821, coincidiendo con la segunda expedición de Arenales y el ejército libertador en la sierra, que entraron a Jauja el 24 de mayo de 1821, luego de que las fuerzas realistas del temible Carratalá se retiraran del valle. El valle de Jauja estuvo casi dos meses en posesión total del ejército libertador. En algún momento, Alejo recibió el cargo de Abastecedor General de la división libertadora, tal como lo atestiguaría en 1822 un militar importante, como se verá líneas abajo. Arenales estableció maestranzas para suministros militares en varios lugares entre el Cerro de Pasco y Jauja. En esta ciudad la maestranza estuvo dedicada a la artillería y a la reparación de armamento.[8] 

Una vez que el virrey abandonó Lima el 6 de julio de 1821, con la intención de reorganizar al ejército realista en la sierra, hubo también movimiento en las tropas independentistas para ocupar y conservar Lima. Arenales y toda su división se dirigieron hacia la capital. El 20 de julio de 1821 empezó la evacuación de Jauja. La división de Arenales inició su marcha de madrugada, con gran consternación de muchos habitantes de Jauja, que sentían que iban a quedar abandonados y desprotegidos frente a las muy probables represalias del ejército realista. Muchos pobladores de todas las condiciones decidieron seguir al ejército como «emigrados», que es el término que en la época se aplicaba a quienes hoy llamamos «refugiados».

La fecha de esta evacuación coincide con el inicio de otra larga ausencia de Alejo Martínez de su ciudad natal. La declaración de la independencia del Perú en Lima el 28 de julio de 1821, toma al ejército de Arenales y a los emigrados probablemente en Matucana. Sumamente afectado por el difícil viaje y las múltiples deserciones, el ejército de Arenales, con mil hombres menos de los que salieron de Jauja, entró a Lima los primeros días de agosto, siendo recibidos con entusiasmo por la población. «La división medio desnuda marchó en columna hasta ocupar sus cuarteles.»[9] 

No hay aún información de lo que Alejo Martínez hizo durante el resto de 1821 y mediados de 1822, pues no queda claro cuándo Alejo Martínez dejó de ser Abastecedor General de la división de Arenales para pasar a la clase de «emigrado». Su situación como tal fue muy difícil luego de ese periodo, a juzgar por unas cartas en las que él pide, primero, que se le incorpore en el ejército que iba hacia el valle de Jauja en 1822, y luego que se le acepte en cualquier capacidad en el ejército libertador.

Información documental

Los siguientes son datos provenientes de documentos y registros, disponibles en fuentes bibliográficas y diversos repositorios de confianza en Internet, que manifiestan la participación de Alejo Martínez en la causa de la independencia y en la joven república del Perú. 

9 de enero de 1822: Alejo Martínez atestigua frente al Tribunal de Purificación en Lima, en favor del cura José Antonio González, hermano del gobernador de Jauja Coronel D. Pedro González.[10] (La Junta Eclesiástica de Purificación fue establecida en Lima por el general José de San Martín, con el objetivo de confirmar la lealtad de miembros del clero hacia la causa de la Independencia.)

26 de febrero de 1822: Torre Tagle, Supremo Delegado del Perú, «atendiendo a sus méritos y virtudes» reconoce el grado militar español de Alejo Martínez, nombrándole Capitán de Granaderos del primer batallón del Regimiento Cívico de Infantería de Jauja (HU, p.81) (Facsímile en HU, p. 22).

30 de mayo de 1822: En una carta que sugiere que Alejo Martínez requería que en Lima se reconozcan sus actividades patrióticas, solicita que se otorgue permiso a oficiales para que atestigüen sobre su patriotismo. Los siguientes son dos testimonios de miembros importantes de la campaña independentista:

  • José M. Blanco, capellán —probablemente de la división de Arenales— escribe sobre Alejo Martínez: «olvidando el cuidado de su familia todo se ha entregado a la felicidad pública. El, abandonando sus intereses, ha servido a la Patria moral y físicamente» (HU p. 29);
  • Cipriano Gómez Lizárraga, «Ayudante del Estado Mayor de la División de Operaciones sobre la Sierra, al mando del general don Juan Antonio Álvarez de Arenales», declara: «en la comisión que [Alejo Martínez] obtuvo de Abastecedor General de élla; en cuyo servicio, su actividad, celo, desinterés y buen desempeño, ha manifestado […] los deseos grandes por la libertad de su Patria, siguiendo siempre en la clase de emigrado la suerte de nuestro Ejército». (HU p. 29). Posteriormente, Lizárraga fue miembro de la plana mayor del ejército libertador en la batalla de Junín, donde murió en combate[11] .

Octubre de 1822: Pocos días después de la renuncia de José de San Martín a todos sus cargos en el gobierno del Perú, Alejo Martínez, en Lima y aparentemente sin recursos, solicita incorporarse como capitán a la expedición que iba a marchar a la sierra central. En una carta dirigida a las autoridades militares (probablemente a Tomás Guido, ministro de Guerra, amigo y confidente de San Martín), Alejo Martínez escribe: «[hace] quince meses, hube de emigrar para esta heroica ciudad de los Libres [Lima], abandonando mis hogares, esposa y tiernos hijos. Ocupada radicalmente la ciudad de Jauja, por los sátrapas de la Iberia, fueron consiguientes los destrozos ejecutados en mi casa y bienes dejando a mi pobre familia envuelta en la miseria en que [vive], al mismo tiempo que yo estoy corriendo la misma desgraciada suerte». Esta solicitud no fue atendida. Tomás Guido respondió el 30 de octubre de 1822: «A pesar de que el Gobierno está penetrado del patriotismo y padecimientos del suplicante, no es posible atender a esta solicitud, respecto a que hay un gran número de oficiales sobrantes en el Ejército.» (HU p. 37)

Marzo de 1823: Alejo Martínez, «Capitán de Granaderos del 1er Batallón del Regimiento de Cívicos de Jauja», vuelve a enviar una carta, en la que «deseando vivamente participar de sus Glorias [las de la República], solicita de nuevo de la benignidad de V.E. se sirva destinarlo en el Cuadro del Batallón de Huánuco […] en la gradación que sea del mayor agrado de V. E.»

Junio de 1823: Alejo Martínez, luego de haber estado enfermo, reitera su pedido, aparentemente ya aprobado. Es de suponer que se le reincorporó al ejército en la segunda mitad de 1823.

30 de diciembre de 1823: Alejo Martínez, Capitán de la 1ra Compañía del 2o Batallón de Tiradores de la Guardia, es enviado de Cajamarca hacia Huaraz, al frente de su compañía. (HU, p. 49)

4 de marzo de 1824: Regresa desde Huaraz a la ciudad de Cajamarca el Capitán de la 1ra Compañía del Batallón de Tiradores don Alejo Martínez. (HU, p. 53).

3 de noviembre de 1824: En Jauja, Andrés de Santa Cruz, jefe del Estado Mayor General del Ejército Unido, nombra a Alejo Martínez como Contralor del Hospital de Jauja. (HU, p. 53)

1⁰ de junio de 1825: Juan Pardo de Zela destina a Alejo Martínez como Ayudante de la Prefectura en Jauja.

19 de agosto de 1825: Capitán Comandante, don Alejo Martínez, es enviado con un piquete de soldados a la guarnición del Cerro de Pasco. (HU, p. 63)

25 de enero de 1826: Comunica que el Capitán del Ejército D. Alejo Martínez, quien fue comisionado por aquella Prefectura para recoger todo el ganado perteneciente al Estado, le ha remitido las dos relaciones que acompaña. Jauja. Domingo Tristán.[12] 

1832: Alejo Martínez es el Comandante del Batallón de Infantería del regimiento cívico de Jauja.[13] 

30 de enero de 1833: Se le confiere la clase de teniente coronel y se le nombra comandante del cuerpo al que pertenecía, en virtud de un honroso informe: «el capitán de granaderos recurrente se ha hecho acreedor no solo al grado de teniente coronel cívico que justamente solicita, sino aún a la coronelía, en atención a ser el más antiguo de su grado, a las distinguidas buenas cualidades que lo adornan, a los servicios prestados a la República así en lo militar como en lo político; pues en lo relativo a lo primero, sirvió con el mayor honor de capitán en el Ejército Libertador, en los tiempos más críticos de la guerra de la Independencia y por lo relativo a lo segundo, después de retirado, prestó sus servicios con toda delicadeza en el destino de gobernador». (HU, p.82)

11 de diciembre de 1841. Se concede a Alejo Martínez el derecho de pontazgo del puente de Llocllapampa, por un periodo de 15 años.[14] 

1841-1842. El capitán Alejo Martínez es gobernador del Distrito de Jauja, provincia de Jauja, departamento de Junín[15].

26 de septiembre de 1853: Alejo Martínez, coronel de la Guardia Nacional de Jauja, solicita se nombre un instructor por la cantidad de compañías que tiene[16] .

16 de marzo de 1855: En el proceso de abolición de la esclavitud, el gobierno nombró a Alejo Martínez y a Juan Pablo Iriarte, como los dos miembros de la comisión para repartir cartas de libertad (manumisión de esclavos) en Jauja.[17] 

Años finales

Alejo Martínez continuó siendo un personaje importante en Jauja, a juzgar por los numerosos registros bautismales en los que aparece como padrino. Entre 1851 y 1860, hay por lo menos unos sesenta de esos padrinazgos, incluyendo a ahijados de muchos pueblos dependientes de la parroquia de Jauja. 

En la partida de matrimonio de Juan C. Mesa con Gregoria Martínez, en 1859, Alejo Martínez y su hija Rosa Martínez figuran como testigos. Gregoria era nieta de Alejo y ahijada de bautismo de Rosa.

El último registro parroquial donde aparece Alejo Martínez, es el de su sepultura, en Jauja, el 27 de junio de 1863: «murió con enfermedad natural, como de ochenta años de edad». Tenía, en realidad, 77 años.

Salvo los años de las guerras independentistas, Alejo Martínez Lira vivió toda su vida en Jauja.


Domingo Martínez Castilla
Jauja, 18 de agosto del 2025

20 mayo 2023

País de Jauja, de Edgardo Rivera Martínez. Treinta años de luz.

A mediados de 1993, Maruja Martínez Castilla —hermana queridísima— me dio como regalo un libro gordo, de más de 500 páginas, con el ambiguo título de País de Jauja, de Edgardo Rivera Martínez, que había sido publicado por el propio autor en mayo de ese año. Este mes de mayo del 2023 se cumplen, pues, 30 años de País de Jauja

Además de la duradera impronta que sigue produciendo el libro en el mundo literario, causó también gran impacto en mi familia. Mis hermanas Maruja y Betty, encantadas por el libro, desarrollaron una inmediata amistad con Edgardo, luego de asistir a las presentaciones del mismo en ambientes tanto literarios como jaujinos.

Es necesario decir que, a la sazón, yo no conocía personalmente al narrador, si bien, como jaujino, había leído creo que dos de sus libros de cuentos. Por esas cosas que tiene la vida, conocí personalmente a Edgardo en 1994 y, en mayo de 1995, el escritor se casó con mi hermana Betty y nos convertimos en parientes políticos, y desarrollamos una cercana amistad que duró todo el resto de su fructífera vida, lo que me impediría comentar «objetivamente» sus libros. Pero como esta reseña es anterior a nuestra amistad, creo que se me aceptará reciclarla acá como mi pequeño homenaje al hombre y a su obra.

La reseña que se reproduce más abajo fue escrita en noviembre de 1993, y fue distribuida en algunas listas de correo electrónico  (por ejemplo, la lista «peru @ cs.sfsu.edu», que tenía unos 400 subscriptores), y en grupos de Usenet, incluyendo al entonces flamante  soc.culture.peru (los lectores más jóvenes tienen todo el derecho de no saber en qué consistían estos servicios de difusión; baste decir que la World Wide Web era poco más que un embrión, que empezaría su crecimiento explosivo precisamente en noviembre de 1993).

Domingo Martínez Castilla
Barranco, mayo del 2023



Reseña No. 5: Literatura peruana

Autor: Edgardo Rivera Martínez
Titulo: País de Jauja. Novela. 515 pp.
Editorial: La Voz Ediciones
Fecha: Mayo, 1993

Dirección: Salvador Dalí 201
San Borja, Lima, Perú

Hace mucho tiempo que no leía un libro que me absorbiera de la forma en que País de Jauja lo ha hecho. Creo que desde la adolescencia, cuando un buen libro podía separarme del mundo por el tiempo que fuera necesario para terminarlo y saborearlo. Pero en este caso hay circunstancias especiales, que mencionaré después de las introducciones de rigor.

Edgardo Rivera Martínez es un buen escritor peruano, conocido como autor de cuentos. Hace unos diez años ganó el concurso anual del "Cuento de las mil palabras", organizado por la revista peruana Caretas. Antes de eso, se le conocía por sus primeros libros de cuentos (Azurita, 1978), y después Casa de Jauja y Ángel de Ocongate (ambos en 1986). Cada libro suyo fue atrayendo más la atención de la crítica, y Ángel de Ocongate ya se recibía como una entrega de un narrador consagrado.

La temática de Rivera es varia, pero el tema de la Sierra y del mestizaje cultural han estado siempre presentes. Y en este libro adquieren un carácter especial, un lugar central.

Antes de mandarme la parte, debo mencionar que País de Jauja ha sido recibido y percibido por la crítica como lo que se suele denominar un "libro mayor", en el que el escritor se ha soltado a poner en el papel una parte muy importante e integral de su experiencia vital. Muchos novelistas (y Rivera con este libro se convierte en uno) tienen ese libro que marca claramente una decisión de enfrentar la tarea de presentarle al mundo cómo se hace el escritor, qué combinación única de fuerzas, experiencias, tradiciones e inquietudes han convertido al individuo en ese animal tan especial que es el narrador. Hay algo casi mágico en el hecho de que el lector se interese por esa vida que está leyendo, y que encuentre aquí y allá escenas o caracteres familiares, queridos y temidos, envidiados y odiados.

El libro

El libro cuenta la vida y experiencias de Claudio, un adolescente de quince o dieciséis años, entre el 19 de diciembre de 1946, y el primero de abril de 1947, que es (o lo era entonces) el periodo de vacaciones escolares en el Perú. Jauja es la ciudad, en el centro-centro del Perú, al norte del valle del Mantaro, el más productivo y, por ende, más densamente poblado de la sierra del Perú. Esta vieja ciudad, entonces de unos 12,000 habitantes, ha servido de hospedaje a prácticamente toda la historia del Perú, desde Huayna Cápac hasta esta década de violencia. Pero la historia del Perú nunca hizo a Jauja protagonista por periodos largos, lo que quizá le permitió una personalidad propia. Jaujas existen, sin duda, en toda América Latina, pero se escribe poco sobre ellas: no hay grandes tragedias, no hay grandes batallas, no hay tampoco esas personalidades difíciles que se apropian de los libros de historia.

En esa ciudad, Claudio, proyecto de escritor y de músico, crece en una familia en la que se combinan con bastante naturalidad tradiciones prehispánicas y epopeyas homéricas (La Ilíada es semi-protagonista de la novela), Mozart y mulizas, huaynos y fugas de Bach. El conflicto entre los mundos andino y europeo, tan palpable y de difícil y elusiva solución en Los perros hambrientos de Alegría, y en la Andahuaylas de Arguedas (en especial Los ríos profundos y Todas las sangres), se resuelve en esta novela con una alegría refrescante. Arguedas mismo notaba ese carácter en Jauja: mezcla no totalmente libre de conflictos históricos pero tampoco traumatizada por ellos.

Rivera subraya la solución más que el conflicto, y lo hace con buena pluma y excelente sentido del humor. Claudio se hace hombre en esos meses cruciales, y lo hace descubriendo secretos familiares que poco a poco se constituyen en otra novela dentro de la narración principal. La trágica soltería de dos ancianas tías suyas, que crecieron en una hacienda entre sillas vienesas y pianos alemanes a 4,000 metros de altura y en el medio de la puna, lo lleva a repasar la historia familiar. Los descubrimientos familiares del joven escritor-historiador se intercalan en el texto con los descubrimientos personales del adolescente: el amor juvenil, una secta naturista, la obsesión con la belleza cosmopolita de una paciente del entonces famoso sanatorio para tuberculosos, los personajes que de todo el mundo venían a buscar el limpio aire jaujino, el sexo, la música folklórica, Beethoven, el piano, Chopin. Todo eso teje una historia entretenida y fácil de seguir, a pesar de los múltiples protagonistas.

Estilísticamente (como si el que esto escribe supiera mucho del asunto), la novedad es el intercalamiento de trozos relativamente pequeños del diario de Claudio, con narraciones largas en segunda persona y de un sólo párrafo de unas tres a cinco páginas cada uno, fáciles de leer a pesar de su extensión, y no muy comunes en la literatura. La novela empieza así: "Ya estabas de vacaciones, en esos meses de lluvia pero también de días claros, en que podrías hacer lo que te viniese en gana". Y termina en el mismo tono optimista: "Brilla el sol y el aire es límpido, clarísimo."

Para quienes hemos pensado y nos hemos visto angustiados por no saber cómo evaluar el quinto centenario, la novela de Rivera nos da una perspectiva distinta, casi no tocada en todas las discusiones históricas y académicas llenas de juicios de valor sobre el encuentro de Europa y América. El mestizaje es una posibilidad válida, por lo menos en los casos en que se dan las condiciones para su desarrollo fructífero. No quiero decir con esto que el optimismo de Rivera sea fácilmente trasplantable a lugares donde las heridas todavía están sangrando, sino sólo que es posible un mestizaje feliz.

Después de leer los libros extraordinarios, pero durísimos, de Miguel Gutiérrez (La violencia del tiempo es su obra magna), en los que otro protagonista joven, cachorro de escritor, descubre el mestizaje como producto de violación y sojuzgamiento, este libro de Rivera permite cerrar los ojos al final de su lectura, y sonreír, casi seráficamente, esperando un futuro mejor. Gracias, Edgardo Rivera.

Notas personales: O cómo este lector leyó este libro.

La lectura de País de Jauja para mí, Domingo Martínez, se convirtió en una experiencia personal, donde no tuve que imaginar lugares donde nunca he estado ni jamás voy a estar, en los que la acción transcurre en ciudades donde la arquitectura y el paisaje dependen más de la imaginación del lector que de la descripción del narrador. Simplemente soy jaujino. Crecí en la misma ciudad que Claudio, el cachorro de escritor y sin duda alter ego de Rivera Martínez (en Jauja hay muchos Martínez, y probablemente hasta pariente mío es, pero no lo conozco personalmente), y si bien mi experiencia es unos 20 años posterior a la de Claudio, el protagonista, es una vivencia muy especial ver, en un libro tan bien escrito, las calles y paisajes que uno conoce y quiere y que le devuelven a uno esa sensación de pertenencia que no se logra fácilmente en otras partes; acerca de la gente que habla con giros idiomáticos que son tan familiares y únicos; y acerca de individuos que uno ha conocido y con quienes ha hablado más de una vez. Muchos de los personajes que caracterizan a Jauja (y que todas las ciudades pequeñas tienen) aparecen en la novela, algunos con sus propios nombres y otros con nombres cambiados (si bien en más de una oportunidad al escritor se le ha escapado el nombre verdadero), pero igualmente reconocibles. ¿Cómo se puede comentar un libro de esa clase? Si bien no creo que la elusiva objetividad sea fácil de conseguir en cualquier circunstancia, en ésta ni siquiera pretendo tenerla.

Domingo Martínez Castilla
Columbia, noviembre de 1993


El post original distribuido en soc.culture.peru se puede ver en los archivos de Usenet. En esa época, los acentos no eran aceptados por muchos programas, hoy apps, de correo y de mensajes.


08 marzo 2021

Siempre tuve suerte con las mujeres

Como alguien inventó el Día Internacional de la Mujer, reciclo acá un texto de hace 4 años, en el que hablo de mis mujeres internacionales, para quienes dedico mi afecto por 365.25 días al año.

Que sea el tiempo presente, pues es menester empezar por algún lado: cada día comparto mesa, sillón y lecho con una mujer que, sin cesar, marca hitos de afecto, lealtad, principios, conocimiento, dedicación, magisterio, investigación... Y una sonrisa como ninguna: franca y dulce, que lleva a donde vaya, desde las alturas de Pasco y Junín hasta los más remotos rincones de Misuri, pasando por las manyattas Masái, las comunidades bolivianas, los agricultores de Bengala occidental, o los salones académicos de tantos lugares del mundo, sin muestra alguna de arrogancia ni de humildad ensayada, sentimientos cuyo ejercicio ella no comprende. 
 
De ella, la hija ha heredado el ejemplo, que es mucha cosa: sola contra un mundo que no deja de ponerle obstáculos, la niña de ayer siempre tuvo que lidiar con cosas nuevas: de muy pequeña, recién vuelta al lugar donde nació, su lucha por comprender un idioma que no conocía y en el cual hoy es ella docta, o doctora para más precisión. Mientras crecía, iba enfrentando una cultura en la que su padre, especialmente, no era muy hábil, ella siempre avanzando con un carácter notable e igualmente leal, principista y luchadora.
 
Ahí están también las tres hermanas de toda la vida (ella era una santa, cantaría Gardel, pero de la santa me ocupo en seguida), tres mujeres distintas excepto en su increíble valentía y gracia para navegar por un mundo cambiante que no se parecía en nada al nido protector donde crecieron, nutridas, siempre, por otras mujeres. La hermana primera, madre de dos hijas y cuatro hijos, sacándolos adelante, por muchos años ella sola, y todo el tiempo trabajando por salario, trabajando por justicia en sindicatos y calles y, por supuesto, siendo madre infaltable. La hermana segunda que, por décadas y desde muy joven, asumió con enorme cariño la tarea de ser la columna vertebral de la familia, siempre lista para todo, siempre presente con su entusiasmo y vitalidad y con una generosidad literalmente sin límites. La hermana tercera, ausente prematuramente, vivió por justicia y equidad, sin dejar en el camino a ningún afecto previo: en su despedida, en el año 2000, las lágrimas de sus amigas de la infancia se mezclaban con las de maduros políticos y dirigentes sindicales, correligionarios y opositores, músicos y artistas, para rendir homenaje a una mujer que nunca dejó que las mezquindades propias de la política afectaran su alma limpia y luchadora, como ella escribió en Entre el amor y la furia, sus crónicas y testimonio. Tengo una cuarta hermana, mayor, que falleció hace algunas semanas, y a la que vi apenas unas pocas veces en mi vida: ella también fue excepcional, pues enviudó joven y sacó adelante a sus seis hijos, dos mujeres y cuatro hombres, cuyas vidas son un testimonio indiscutible de su carácter. 
 
«Ella era una santa», dice el tango «Silencio». Es la madre, pero no fue santa de vestir santos solamente. Huérfana de padre desde los seis meses de nacida, creció entre mujeres que tenían que haber sido fuertes en el Perú de hace cien años, herederas de tierras y prejuicios que mantuvieron una mezcla de dignidad frente a sus pares y arrogancia atávica hacia los demás, todo mientras su anticuado mundo se hacía trizas, pero siempre dándonos libros para protegernos. Creciendo en un universo cambiado, mi madre empezó a trabajar por un salario a los 45 años, de maestra escolar, mientras en los veranos estudiaba para sacar el título oficial de maestra. Todo eso para que a sus hijos no les falte nada, especialmente educación. La madre era mujer que raramente se enfadaba, dueña de un humor que por fino nunca dejó de ser sarcástico, incapaz de proferir insultos y enemiga del chisme. Amigos la recuerdan siempre como digna y sencilla, como una mujer dulce y tremendamente inteligente. Yo la recuerdo y sonrío. 
 
La familia sigue creciendo con mujeres fuertes y cabales: las sobrinas, ya madres, han heredado tibieza, carácter y decisión, así como independencia. Los sobrinos han igualmente buscado y hallado mujeres excepcionales para compartir vida y familia.

Tengo amigas, varias más queridas que el mejor de mis amigos: están en latitudes diversas, pero todas pertenecen a esa raza que tanto admiro: mujeres fuertes, trabajadoras, independientes (lo que no implica soledad), inteligentes, principistas, todas con una extraña cualidad: me soportan. Algunas incluso son parientes. ¡Y las veo tan poco! 
 
Les ruego a todas y cada una que acepten este pequeño e imperfecto recuento. Y todo mi cariño y admiración.

Sí, siempre tuve suerte con las mujeres.

(Suelo rechazar los días arbitrarios en los que se nos obliga a festejar o conmemorar gentes y acontecimientos, pero esta vez sentí una necesidad muy fuerte de decirles a todas cuánto aprecio la suerte de tenerlas.)

Texto escrito el 8 de marzo del 2017